JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

untitled kolhosp¿Ola K ase? ¿Adam Goldberg, o k ase!?

Sin serlo, pensaba que Adam Goldberg era solo un actor de comedia. Su barba, el pelo y cierta tendencia a bizquear en las películas que aparecía me hacían pensar que, si bien el film que estaba viendo en ese momento no era una comedia, el resto de su filmografía estaba plagada de ellas. Y no es así. Quizás por ello siempre había pensado que Adam Goldberg no me hacía ninguna gracia. Y tampoco es así.

Este judío de la Costa Oeste que hace papeles de judío de la Costa Este es, a parte de un buen actor, director y productor cinematográfico, fotógrafo y músico. Su grupo se llama The Goldberg Sisters y es un cacharro gracioso de rock lo-fi DIY con síntomas de psicodelia – seguramente contagiada por sus amigos The Flaming Lips con los que ha colaborado en alguna ocasión.

Por cierto que también es un enfermo del Vine – la app de video-loop para móviles para la que transmuta su vida diaria en una especie de videoclip lynchiano con rubias trans, novias embarazadas y música atonal en L.A.

Sumemos A y B y C y seguro que nos da un cansino moderno (y si todavía no es ese el resultado, es que nos hemos olvidado de incorporar una constante en la fórmula: como buen hipster, Goldberg decora su cuerpo con unos buenos tatuajes talegueros).

Pues si. Adam Golberg atufa a trendic topictismo. Y no. Porque parece que es también un ser inteligente que ha sabido reírse de si mismo. Lo hizo hace unos años cuando, a parte de protagonizar, buscó financiación para que Jonathan Parker realizara Untitled.

untitled 2 kolhospLo de ‘Untitled’… no tiene nombre

La película, una pequeña joya de bisutería sobre el ambiente que rodea al arte moderno, es una visión ácida al sentido de la creación artística actual. Con cariño y mimo, en cada escena presenciaremos una precisa vivisección a cada uno de los agentes que intervienen y envuelven la creación artística moderna. Uno a uno desfilan por la mesa del quirófano galeristas, críticos, coleccionistas, artistas conceptuales, élites de la modernidad, músicos de vanguardia e incluso intelectuales y filósofos de sobremesa. Y al final se quedan ahí, abiertos en canal y expuestos como si la pantalla fuese un museo a visitar por el espectador.

Es admirable que Goldberg deje exponer las vísceras del músico que interpreta para mofa y escarnio de la audiencia. Y que lo haga sabiendo que son tan iguales a las suyas propias – que guardan una mierda creadora similar a la del artista que es él en el mundo real. Pero a fin de cuentas – si nos ponemos a pensar – nuestras tripas son igual de repugnantes: y también circula mierda… y son tan necesarias.

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

Anton Newcombe en DIG! cuando ve a Dios y al Demonio

Quédate con la imagen, es Anton Newcombe – si no le conoces, no te preocupes – y acompáñame en este viaje un par de minutos.

Primero al interior de la piel de la cineasta norteamericana Ondi Timoner. Le acaban de premiar por su documental We live in public en el festival de Sundance. Es la segunda vez que lo hacen. Es la única documentalista que cuenta con dos películas premiadas en Sundance. Estamos en el año 2009 y nos sentimos felices: con el galardón de hoy parece que tenemos lo que llaman ‘una carrera cinematográfica consolidada’. No estamos en los Oscars. Pero ganar en Sundance, reconozcámoslo, es mucho más cool.

Rebobinemos a cinco años antes: 2004. Y entremos otra vez en las tripas de Ondi Timoner. Estan muy revueltas. Tiene treinta y dos años y es toda una desconocida que se dispone a recoger un premio del jurado al mejor documental en el festival de cine independiente de Sundance. Hay nervios. Thank you. Han sido muchos años de trabajo: ¡siete! y cerca de 2.000 horas de metraje. El film se titula DIG! y es una doble crónica: la del ascenso al Olimpo de un grupo musical de Portland, The Dandy Warhols, capitaneados por un adonis llamado Courtney Taylor; mientras otro combo vecino y amigo cae a los infiernos: The Brian Jonestown Massacre. ¿Lo que siente Timoner hoy es lo mismo que sentirá 5 años más tarde en este mismo auditorio? Para saberlo rebobinemos aun más…

En los años 90 Timoner era una joven que acababa de salir de la escuela de cine. Un día descubre la música de un desconocido grupo de Oregon con un curioso nombre mitad homenaje a la psicodelia stoniana, mitad broma macabra del hippysmo destroyer. Son los The Brian Jonestown Massacre; y su alma espiritual, el cantante y compositor Anton Newcombe, tiene algo de mesiánico que atrae a la cineasta hasta convertirla en “la groupie con cámara de video”. Timoner lo graba todo: desde los conciertos, los ensayos, hasta las reuniones del grupo para comer o para viajar, cuando duermen, cuando hacen el idiota; graba los discursos revolucionarios de un Newcombe dopado, sus cabreos, sus peleas y cuando el músico se entera que su padre esquizofrénico se acaba de suicidar. También graba el momento en el que Anton Newcombe descubre la música de The Dandy Warhols, otros desconocidos que él cree serán sus hermanos para la revolución musical y espiritual que prepara.

Ahora que conoces a Anton Newcombe, volvamos a la imagen que abre este post: es ese instante en el que Newcombe le habla a Timoner por primera vez en el documental DIG! sobre The Dandy Warhols. Sabemos que la Ondi primera – la del párrafo anterior – admira profundamente tras la cámara a Anton. Aquí no es la cineasta profesional que recoge premios por su trabajo. Y no es la persona que ha hecho de su afición un oficio: es el ser humano que vive para registrar lo que cree que ha de ser registrado y conservado. Y los ojos de Newcombe nos devuelven la que seguramente es la misma mirada que la cineasta tiene en ese momento: una mirada pura de quien se descubre trascendiendo. Dos sujetos conectados felizmente gracias la música de un tercero. Pero también estamos nosotros: los que podemos ver esa mirada alucinada gracias a la cineasta y podemos participar de el momento. En total, 4 sujetos que comparten una misma espiritualidad en diferentes grados.

Vicente Verdú escribía sobre el personismo hace unos años en su ensayo Yo y tú, objetos de lujo: explicaba como el ser humano ha devenido en occidente en una subespecie hedonista; un ser sujeto/objeto – descrito en su texto como sobjeto – que anhela una felicidad relacionada con los múltiples nexos que se establecen con los demás, por muy superficiales y efímeros que sean estos contactos.

Nuestro nexo está registrado en el minuto 5:10 de la película para la supuesta posterioridad. Y como sobjetos hemos transitado desde entonces por caminos muy diferentes: Ondi dejó de filmar por devoción a hacerlo por profesión – muy probablemente ella lo negaría. Anton Newcombe siguió pregonando la revolución musical al margen de las discográficas y peleándose con todo el mundo; perdió pronto la fe en el cantante de The Dandy Warhols: porque los de Courtney Taylor firmaron por una multinacional discográfica, vendieron más discos de los que nunca habían imaginado, y su música acabó sirviendo de ‘relleno’ para los spots de telefonía móvil. Yo ahora escribo en Kolhosp. Y tú… bueno, tú ahora acabas de leer la última palabra de este post.

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

‘Black Mirror’, la gran esperanza british para salvar la tele

Si hay un motivo por el cual merezca la pena encender la televisión es, sin duda, el de poder disfrutar de las distopías creadas por Charlie Brooker. Me refiero a la mini serie Black Mirror, esas tres obras maestras que bien podrían incluirse como temario de sociología o filosofía en la universidad; y lanzarse – porqué no – como arma arrojadiza directamente a la boca de muchos artistas que han querido acercarse a la pantalla doméstica y hablar de ella sin acabar de entender muy bien cómo funciona el botón standby del mando a distancia.

Black Mirror se estrenó a finales del pasado año en la televisión pública inglesa. Era una apuesta de Channel 4 de tan solo 3 capítulos de trama independiente y de una hora de duración. El único nexo común era la pantalla – de televisión, del ordenador, de los dispositivos móviles… – y su función como medio de de comunicación y de relación social.

‘The National Anthem’ la actualidad en 140 caracteres

En el primer capítulo ‘The National Anthem’, el secuestro de la princesa favorita del Reino Unido – la princesa del Facebook – y las surrealistas condiciones que para su rescate proponen sus secuestradores convierten la tragedia en un espectáculo mediático que implica al primer ministro, un cerdo y a millones de espectadores pendientes de todas las pantallas.

Muy diferente es ’15 Milions Merits’, el segundo capítulo de la serie, en el que se recrea un mundo futuro que vive por y para la televisión. Las viviendas son minúsculos habitáculos unipersonales formados por pantallas que, sí o sí, reproducen una y otra vez los mismos programas: un concurso similar a Factor X que te recuerda que puedes y debes ser famoso como objetivo vital; y un espectáculo pornográfico, un canal Playboy, que funciona como sedante crítico para la sociedad.

15 millones de puntos para levantarse cada mañana

El último capítulo – no escrito por Brooker – es quizás el más interesante: da un paso adelante respecto a los anteriores y muestra una sociedad futura que ha integrado la información de las pantallas directa y físicamente al inconsciente de sus habitantes. Si en ‘The National…’ se recreaba una situación extrema – pero factible hoy en día – en la que la población al completo vive absorta por lo que transmiten nuestras pantallas; y en ’15 Millions…’ la ficción televisiva condicionaba la vida diaria de los ciudadanos haciéndoles partícipes las 24 horas del día de sus contenidos; en ‘The entire history of you’ un chip nos permite grabar el 100% de nuestro día a día, rebobinar y reproducirlo en cualquier pantalla, compartirlo con amigos, e incluso copiarlo y entregarlo junto a nuestro currículum: una pesadilla Orwelliana que nos interroga directamente sobre qué es real y quién o qué somos nosotros mismos.

‘The entire history of you’, el hombre con Rayos X en los ojos del siglo XXI

Charlie Brooker es periodista, trabaja en ‘The Guardian’ como columnista cultural y escribe para la televisión. De su cabeza salió hace unos años otra interesante miniserie: Dead Set, que también nos quería hacer reflexionar sobre el papel que la televisión juega en nuestras vidas. Brooker nos presentaba un escenario en el que los únicos supervivientes al holocausto zombie eran los patéticos participantes del Gran Hermano televisivo que, desconocedores de la tragedia que se vive fuera de su reclusión voluntaria, siguen inútilmente mostrando sus miserias en pro de una – en este caso más que nunca – absurda fama mediática.

La publicidad para ‘The Guardian': información digital y público en perfecta sincronía

Pero tras las ideas de Brooker está el dinero de Endemol: y este es un hecho que despertó las críticas más facilonas para ambas ficciones – Dead Set y Black Mirror. Porque para algunos resultó extraño que la productora holandesa no dudase en poner dinero para financiar dos sátiras que critican en su trama descarnadamente a dos engendros mediáticos de éxito internacional como son los concursos Factor X y Big Brother; ambos surgidos de la misma productora.

El planteamiento de estos absurdos conflictos económicos y su consecuente confusión con trascendentales dudas morales es más propio de gente de poca o nula capacidad crítica ¿Qué problema hay si Brooker habla – mal – de la televisión y lo hace desde dentro? Ninguno. ¿Acaso hay otra solución para escapar de una sociedad mediatizada que desconectar la electricidad? No. No la hay. Así que hemos de aceptar que vivimos en ella. Que el futuro será más y más mediático. Que las pantallas nos rodean ya. Y que debemos saber utilizarlas como un medio a nuestro servicio: sin dejarnos atrapar por su componente lúdica y trivial.

Este es el peligro que muestra Black Mirror, el que acabemos derivando en una sociedad que ha perdido el objetivo de buscar un mundo mejor y más justo por el de acomodarse en uno – supuestamente – más feliz y tranquilo.

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

Ryan Thomas Gosling, en la autopista hacia el éxito

Quizás dentro de un tiempo pocos se acuerden de la película en la que Ryan Thomas Gosling interpretaba al mecánico que ejercía de chófer para atracos en sus horas libres; sin embargo, finiquitado el 2011, Drive se ha convertido en la película sorpresa del año. Y, aunque tendría motivos, no lo es por la interpretación de este actor canadiense – nuevo astro en la galaxia Hollywood con dos candidaturas a los próximos Globo de Oro por la comedia Crazy, Stupid, Love y por la última película dirigida por George Clooney, The Ides of March.

La mezcla entre película de acción y drama romántico con aires de cine independiente ya había llamado la atención en todos y cada uno de los festivales en los que se presentó el pasado año: en Cannes se premió a su director Nicolas Winding Refn; y aquí en casa dejó un buen regusto entre el público y la crítica en un soso festival de Sitges 2011.

Si no se habla de coches… no se habla.

Desconozco cómo es el material literario en el que se basa el filme – el libro de James Sallis – pero la primera sensación al acabar de ver Drive es que se habrán tenido que eliminar muchas páginas para llegar a destilar una película que se hace corta y de la que querrías saber más sobre sus protagonistas. Principalmente de su personaje principal: el héroe sin nombre y sin pasado que juega a ser un Travis Bickle del siglo XXI.

El personaje interpretado por Gosling es la papilla resultante de una turmix en la que se han mezclado los rasgos de diferentes representaciones de lo que podríamos decir es el superhéroe americano – hombre solitario, con un talento que lo hace especial, duro en el exterior, conflictivo pero bondadoso. En el caso de Drive, el ingrediente principal para crear su héroe es  aquel predicador desconocido – ángel de la guarda de una indefensa familia en el lejano oeste – adaptado para un tiempo presente en el que se han sustituido las espuelas por bujías.

Pero para la elaboración de esta sabrosa sopa de superhéroe también se han necesitado otros alimentos fílmicos: la evidente base de Taxi Driver, el elegante aroma a Bullit, una pizca del sabor samurai-nouvelle vague de El silencio de un Hombre y, muy importante, el tuétano de un Terciopelo azul para dejarle un regusto final al conjunto del relato de cuento erótico para niños con toques de violencia explosiva.

Mulligan, una auténtica ‘next girl door’ del cine actual

Carey Mulligan, la vecina del protagonista, es el único personaje femenino en Drive – obviemos el papel testimonial de la Mad Men girl Christina Hendricks. Es también la chispa que pone en funcionamiento el motor de la película; al sacar de la felicidad anodina a un joven solitario que, hasta el momento del encuentro casual con su personaje en el ascensor, era un ser impasible e inmutable que lo mismo circula por las calles de Los Ángeles, como huye de la policía o da vueltas de campana dentro de su coche.

Sin embargo, esta humanización del protagonista – que le convertirá en el superhéroe protector – tendrá una serie de efectos secundarios fatales cuando las pulsiones del mismo personaje le llevan a confundir el orgasmo con la trepanación a base de martillazos o el amor con el revuelto de sesos. Pura poesía.

Pregunta ¿Cuántos cuadros de Hopper se ha tragado el director de fotografía de Drive?

Dejo el trailer para el final. Lleno de spoilers que destrozan literalmente Drive. Así que para disfrutar algo de la película antes de verla, lo mejor es escuchar su estupenda banda sonora: aires del viejo new age de los 80 para el nuevo milenio.

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Buñuel y Dalí… y a la mierda los hipsters

La Residencia de Estudiantes ha editado recientemente La residencia de estudiantes 1910-1936, de Isabel Pérez-Villanueva; Los residentes, de Margarita Sáenz de la Calzada y El coro de Babel, de Álvaro Ribagorda. Las publicaciones se suman a las exposiciones, conferencias y seminarios que, entre otras actividades, celebran durante el 2010 y el 2011 el centenario de la creación en Madrid de este centro: al principio unos alojamientos para los estudiantes de provincias que iban a la capital, pero que acabaron siendo la puerta de entrada de las ideas de la Institución de Libre Enseñanza y la modernización del país. Aquí residió desde María Zambrano hasta Severo Ochoa. Y sus aulas fueron visitadas, entre otros ilustres célebres, por Einstein, Stravinsky, Le Corbusier o Marie Curie; cuando España todavía podía soñar con formar parte de la Europa civilizada.

En sus habitaciones coincidieron Buñuel, Lorca y Dalí. Muy diferentes entre sí, los tres acabaron siendo muy amigos. Digamos que si la historia la hubiese escrito John Hughes para su Club de los cinco; Buñuel sería el atleta buscapeleas, Lorca el chico popular y Dalí el nerd.

Buñuel sale de fiesta, forma una pandilla de drugos que se pasean por las noches toledanas, van de putas y beben como cosacos. Por desconocimiento, rompe mandíbulas a quien diga que Lorca es lo que es. Un día el granadino le pide que no le propine ningún mamporro a nadie más en su defensa. Y el maño entiende que ha de dejar de ser un rudo pueblerino y transformarse en un hombre de mundo.

Lorca es la fiesta, el centro de atención de todos los saraos. El joven que representa El maleficio de la mariposa con decorados de Barradas en un teatro de Madrid. Y que integra como puede en la vida social de la residencia a un melenudo autista al que le habían puesto de nombre Salvador, el mismo que le habían dado a su hermano muerto: Salvador Dalí.

Dalí es raro. Escribe raro. No es capaz de cruzar solo la calle. Y es un ignorante que no sabe leer la hora del reloj. Pero pinta y dibuja muy bien. Y los tres se entienden a la perfección: salen de juerga y a la hora de trabajar, cada uno en su arte, se dejan influenciar por los otros dos. Colaboran entre sí y crean juntos. Dalí y Lorca. Buñuel y Dalí. Lorca y Buñuel. Y, a veces, el que queda fuera se siente desplazado:

En un carta a Pepín Bello*, el amigo común de todo el mundo, Buñuel dice que Federico le “revienta de un modo increíble” y que está cansado de su estetismo y su Narcisismo extremado. Y que, además, tiene a Dalí “influenciadísimo”.
Hasta hacía poco, era el juerguista Buñuel y el excéntrico Dalí los que se habían reído juntos de lo poco moderno que era Lorca; y de que prefiriese a Góngora a Gómez de la Serna; y de que admirase tanto a Juan Ramón Jiménez cuando ellos le habían escrito una carta muy respetuosa cagándose en su burro Platero.

Entre la hija de Leonard Coen y el pueblo de Murcia, hubo un Lorca poeta

Pero llegó la guerra civil y como debía morir la intelectualidad unos destruyeron por miedo gran parte de la documentación de la Institución de Libre Enseñanza; y los otros le metieron dos tiros por el culo a Lorca por maricón y rojo. Dalí, todavía muy surrealista él, en cuanto se enteró de la muerte gritó ¡Olé!
A Buñuel no le hizo la más mínima gracia la tontería del pintor:

Ni eso ni que corriera a ofrecerse para construir un gran monumento fascista con los huesos de los fallecidos en la guerra civil.
Ni que hablara de él como un ateo en La vida secreta de Salvador Dalí.
Ni que estuviera con una mujer como Gala.

Y seguramente ni que le fuera tan bien en la vida – l’enfant terrible del arte en Nueva York, portada de Time – mientras que él era invitado a dejar su empleo por comunista en el MOMA y se encontraba sin un duro a punto de exiliarse a México a filmar melodramas de mariachis.

Pese a mostrarse un respeto mutuo por las respectivas obra artísticas, por cabezonería y ego, Buñuel y Dalí no se volverían a ver más en la vida. Se despidieron en Nueva York, Buñuel se fue con la bofetada que quería darle en el bolsillo después de que Dalí le confesara que su biografía la había escrito para levantarse él un pedestal, no para ponérselo a otros.

Años más tarde, el pintor envió un telegrama en francés a Buñuel en el que le explicaba que tenía muchas y muy buenas ideas para la segunda parte de un chien andalou. El maño ni caso.
Luego le felicitó por carta por el León de Oro de Belle de jour.
Y le pidió colaborar en la revista Rinoceronte.
Y Buñuel siguió en sus trece sin contestarle: nunca le perdonó, aunque declaró que le gustaría tomarse unas copas juntos antes de morir. Dalí leyó la entrevista y parece que dijo que a él también, pero que era abstemio.

Siempre… una triste manera de acabar una amistad para siempre.

* hablaremos de quién es Pepín Bello en una segunda parte… Ola Pepín!

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Jeanne Dielman se aburre en Bruselas

En el silencio de una sala de cine, una pareja observa la pantalla. Parece que empieza la escena culminante de la película. La que Carlos Boyero comentaba en su crítica semanal. La del cartel. La del trailer que corre desde hace meses por internet. Es la primera vez que van al cine juntos y él no puede evitarlo: se traga sin apenas masticar 5 palomitas, se chupa la sal de los labios y acerca su boca a la oreja izquierda de ella:

- Ahora… es cuando ella pela patatas.

PAUSE ll

Admitámoslo: no parece una escena terriblemente apasionante. Pero existe. La filmó en 1976 Chantal Akerman para Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles. Una película que jugaba con el tiempo y el espacio cinematográfico imitando el tiempo real – ese en el que vive el espectador cuando no es espectador sino persona: el tiempo anodino y tedioso de quienes formamos parte de lo cotidiano.

Ir al cine – o ver una película – nos abstrae de nuestro lugar y nuestro tiempo. En el cine hay flashforwardsflashbacks con los que vamos adelante o atrás en la historia. Y también hay elipsis: esos saltos espacio-temporales que se producen dentro de una secuencia sin que se pierda el hilo de la misma. Nada de esto tenemos en nuestro día a día. No hay montaje cuando suena el despertador por las mañanas que nos lleve al momento de la jornada que desearíamos. Así que, entre otras cosas, el poder experimentarlo en una pantalla nos hace sentir como un Dios que puede moverse por donde y cuando sea.

Un ejemplo de ese soy Dios gracias a la elipsis cinematográfica lo vemos en 2001: Una odisea del Espacio de Stanley Kubrick, cuando en un simple cambio de plano pasamos de los albores de la humanidad a la conquista del espacio.

El brazo de nuestro abuelo-mono vale lo que una lanzadera espacial

También otro maestro del séptimo arte, David Lean, creaba en Lawrence of Arabia una elipsis muy conocida: de una cerilla que se apaga… al amanecer en el desierto de Arabia con la música de Maurice Jarre. En este caso, se condensa mucho menos tiempo que en 2001 entre plano y plano, pero es una elipsis con más clase y elegancia británica – por algo la Pérfida Albión nombró Sir al director.

un pequeño soplo para Lawrence pero una gran secuencia para el cine

Son sólo dos ejemplos de cómo el cine clásico ha escapado de la trampa del tiempo gracias a la elipsis: obviando mostrar lo supuestamente innecesario para explicar una historia.
No es lo que hace Akerman en Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles mostrando lo suplerfuo de la existencia. Tampoco Christian Marclay en The Clock cuando reproduce en la pantalla 24 horas durante 24 horas sampleando películas y los relojes que aparecen en ellas. Ni David Lynch en Lost Highway cuando nos cuela una película entera – con su trama y sus personajes – aprovechando la elipsis de la ejecución en prisión del protagonista de la misma película. Sin embargo, también han sabido jugar  de manera novedosa con este salto cinematográfico en el tiempo y el espacio.

Pero volvamos a la sala de proyección. Nos habíamos quedado con el chico susurrándole a la chica que Jeanne Dielman se disponía a pelar patatas durante 5 minutos. Entonces…

PLAY >

…contento por compartir la información, el chico se hunde en su butaca. Pesca 4 palomitas más del cubo ‘King Size’ y se las lanza directamente al esófago. Sonríe. No pasa un minuto y nota como el aire que rodea su oreja derecha se hace más y más espeso. Son las palabras que surgen sigilosas de los labios de ella y que le eriza el vello de la nuca:

- Me molestas con las palomitas – dice la chica – y no me gusta que me expliquen lo que va a pasar cuando voy al cine.

STOP []

Lamentablemente, elipsis molonas y musicales sólo hay en el cine. Así que el tiempo que pasará hasta que ella quiera repetir cita se le va a hacer muy largo al muchacho. Mucho.